viernes, 20 de junio de 2014

La ciudad prohibida

La ciudad prohibida propone historias inconclusas y adioses sin abrazos. Estaciones sin pañuelos y miradas lejanas, aunque profundas. La ciudad a la que se le prohíbe el cariño y las palabras sinceras, pero que se alimenta de una lejanía excitante, como inalcanzable, como recurrente.
Nos damos el último beso en la plaza, condenados a excusas sanadoras, a distancias reconfortantes. Reincidimos en el pecado de pieles prohibidas, pero ya en tierra yerma, sin posibilidad de daño. El amor sólo duele en la ciudad prohibida. La superación se da en la distancia.
Cuando su máscara de aire fresco y familiar vuelve a esconder destinos certeros, uno se cree fuerte y desengañado. Pero otra historia va a permanecer intacta y sin final en un bar o en un teatro, lista para el acecho.
La ciudad que esconde finales para transformarlos en místicos recuerdos y, por qué no, en desafiantes esperanzas. Se impregnan indecentes en los adoquines o en los techos rojos de las casas. Quizás sobrevuelan el aire alimentando la excitación de lo prohibido, alterando memorias, superando dolores, recordando roces.

En la ciudad prohibida nos desvela una música de fondo, un sinfín de vibraciones que se lleva el viento, energía que se pierde en el aire. El mismo aire que nos hace caer de nuevo en la realidad devastadora y lejana.