La ciudad prohibida propone historias inconclusas y
adioses sin abrazos. Estaciones sin pañuelos y miradas lejanas, aunque
profundas. La ciudad a la que se le prohíbe el cariño y las palabras sinceras,
pero que se alimenta de una lejanía excitante, como inalcanzable, como
recurrente.
Nos damos el último beso en la plaza, condenados a
excusas sanadoras, a distancias reconfortantes. Reincidimos en el pecado de
pieles prohibidas, pero ya en tierra yerma, sin posibilidad de daño. El amor
sólo duele en la ciudad prohibida. La superación se da en la distancia.
Cuando su máscara de aire fresco y familiar vuelve a
esconder destinos certeros, uno se cree fuerte y desengañado. Pero otra
historia va a permanecer intacta y sin final en un bar o en un teatro, lista
para el acecho.
La ciudad que esconde finales para transformarlos en
místicos recuerdos y, por qué no, en desafiantes esperanzas. Se impregnan
indecentes en los adoquines o en los techos rojos de las casas. Quizás sobrevuelan
el aire alimentando la excitación de lo prohibido, alterando memorias,
superando dolores, recordando roces.
En la ciudad prohibida nos desvela una música de
fondo, un sinfín de vibraciones que se lleva el viento, energía que se pierde
en el aire. El mismo aire que nos hace caer de nuevo en la realidad devastadora
y lejana.