Él era un fantasma. Un
nombre sin cuerpo. Tal vez un rizoma. Vagabundeaba mentes y asaltaba corazones. Te permitía imaginarlo e inventarlo. Figurarlo enemigo, crearlo amante, sentirlo
amigo, pensarlo buen tipo. Te dejaba descubrirlo una y otra vez; pero nunca era
un pibe que te cruzás en el semáforo
un portero que limpia la vereda
un kiosquero que te da el vuelto en caramelos
Un hijo de vecino, como quien diría. Tenía la particularidad de sonar fuerte, casi como un tema del verano, pero nunca hasta el hartazgo. Cuando irrumpía en tu vida era difícil de evadir, porque sus sentimientos no conocían medias tintas. Como ser marxista no era suficiente, vagaba con su mente por Babel, porque su espíritu inquieto no se conformaba con motivos sin razón. Su libertad no conocía normativa y su biblia no estaba sino siempre por ser creada.
un pibe que te cruzás en el semáforo
un portero que limpia la vereda
un kiosquero que te da el vuelto en caramelos
Un hijo de vecino, como quien diría. Tenía la particularidad de sonar fuerte, casi como un tema del verano, pero nunca hasta el hartazgo. Cuando irrumpía en tu vida era difícil de evadir, porque sus sentimientos no conocían medias tintas. Como ser marxista no era suficiente, vagaba con su mente por Babel, porque su espíritu inquieto no se conformaba con motivos sin razón. Su libertad no conocía normativa y su biblia no estaba sino siempre por ser creada.
Él era un fantasma. De esos
inabarcables. De esos indecibles. Pero cuando entraba en tu vida no pedía
permiso. Disparaba sin reparo al corazón, revolviendo pensamientos,
desordenando tus entrañas, revolucionando tus días.
Y cuando se hacía piel, -¿qué
más podías pedirle?- te daba un abrazo de eternidad, un beso de caricias, una
mirada de amor.
Cami