Largas despedidas


Clara
No Te Va Gustar

Que lindo que era verlos caminando
Un alma sola dividida en dos
La orilla de ese mar los encantaba
Quedaba todo quiero alrededor

Hermosa fue la vida que llevaron
La suerte no les quiso dar un sol 
Curioso es que su risa iluminaba
Hasta el día que ese mal se la llevó

Se queda con su foto en un rincón
Sueña encontrarla arriba
Escucha susurrar un disco viejo
Que su Clara una vez le regaló

Él sigue con su vida recortada
Sin Clara fue una vida sin color
La imagen de sus ratos más felices
Hasta ahora sigue siendo su motor

Se queda con su foto en un rincón
Sueña encontrarla arriba
Escucha susurrar un disco viejo
Que su Clara una vez le regaló

La lleva bien pegada al corazón
Se alegra de nunca despedirla
Pero no va más por la orilla caminando
Porque sabe que era hermoso entre los dos

 Una triste historia de amor
Camina lentamente hacia el antiguo tocadiscos, que años atrás  había comprado en una tienda de antigüedades, lo había enamorado en el mismo instante en que lo vio allí, apoyado sobre la mesa. “-¿Cuánto cuesta?- preguntó. Y, prácticamente sin prestar  atención al precio una vez  posados  sus ojos en la inmensamente hermosa vendedora dijo - Lo llevo-”  Cuan lejano se ve eso ahora, ahora que…  No puede creerlo, aún varios meses después, no puede entender cómo la arrancaron de sus brazos, cómo se la llevaron, tan cruelmente, envuelta en tubos y cables, luchando firmemente contra aquel mal, y sin embargo, a pesar de la fiera lucha por sobrevivir, el mal había vencido, dejándolo solo, completamente solo. No puede entender qué hizo de malo para que se ensañasen así con él.
Comienza ese hábito, que despacio se está convirtiendo en un rito, toma la foto que está sobre el aparador, y la observa, larga y detenidamente, escuchando la suave y triste melodía que reproduce el viejo disco que eligió, al igual que cada día, ese que su Celeste le regaló “-¡Feliz cumpleaños Emiliano!- dijo ella, con una radiante sonrisa que iluminaba su rostro y todo lo que tenía alrededor, sonrisa repleta de blancos dientes, la sonrisa más impresionante que alguna vez había visto. - ¡Gracias! ¿Qué es?- respondió, mientras tomaba el paquete cuadrado, cuidadosamente envuelto- ¡Abrilo,  dale! No me digas que no te imaginas qué es…-  Él abría el paquete, mientras reía y la miraba, completamente encandilado, como siempre que la miraba. Cuando, al fin, terminó de abrir el obsequio, se encontró con un disco de una banda poco conocida -Es único, o casi, “un tesoro” me dijo el vendedor. Vamos a escucharlo.- Y por primera vez escuchó esa melodía, que en ese momento le hizo sentir alegría, pese a ser dulcemente melancólica, que en cuanto se embebió de ella no pudo más que acercarse a Celeste, y declararle toda su infinita pasión. aunque ella ya la conociera, e hizo que pusieran hora, fecha y lugar para sellar su amor. Un año después estaban en esa casa…” con un paso que cada día se va tornando más cansino y desganado, se sienta en el sillón de mimbre que compró especialmente para colocar en ese rincón, desde donde se puede observar el mar, que tiene buena luz para permitirle leer, aunque ahora todos sus libros están juntando polvo en la biblioteca, porque estaba demasiado acostumbrado a leer pasajes en voz alta, y ahora no tiene quién lo escuche tejiendo un pulóver, remendando un par de medias o simplemente mirando el mar.
El mar, un capítulo aparte en sus vidas, juntos y por separado. Sin embargo, Emiliano no se acerca más a él, solamente pensar en que Celeste  no está ahí hace que la tristeza lo consuma. Fue algo en lo que siempre estuvieron de acuerdo “– Yo quiero vivir en una casa a orillas del mar, quiero dar una caminata cada vez que me sea posible, quiero mojarme los pies en verano, quiero sentir el viento en mi cara…- Dijo ella, con  su manera habitual de hablar de sus planes, con la mirada perdida, haciendo sentir a su interlocutor que estaba en otro mundo, imaginando lo que decía, cuan hermoso sería. Apenas llevaban unas semanas de conocerse, pero ya imaginaban todo su futuro juntos.  –Es mi sueño también, una casa, sólo para nosotros, y nuestros hijos… Que puedan jugar a orillas del mar, sería maravilloso.- Y aunque ese no hubiese sido en realidad su sueño, lo habría convertido en su más anhelado deseo, aunque más no fuera para hacerla feliz. –Vamos a ser tan felices, ¿No te parece?-” Los hijos que planeaban tener, como los añora ahora, sería más fácil si le quedara un pedazo de ella aunque sea, si tuviera hijos que le recordaran esos ojos grises, esa piel de terciopelo. Pero no, era ese sol que la vida les había negado, ese pedacito de felicidad que les faltaba. Mientras ella vivía no había necesitado más, su luz propia había sido sol suficiente. En su momento, cuando el médico les comunicó que ella no podía tener hijos no se desesperaron, simplemente aceptaron que iban a ser solamente ellos, solamente ellos por el resto de sus vidas.
El tocadiscos deja de sonar, Emiliano se seca las lágrimas del rostro, se para y deja la foto en su lugar. La tristeza tiene que acabar en algún momento, ¿O no? ¿Será que nunca se va a acabar ese suplicio? El agujero que hay en su corazón, ese vacío en el pecho es excesivamente doloroso para soportarlo durante mucho tiempo más. Se acerca a la ventana y le resulta imposible impedir que los recuerdos lo invadan. La imagen de su mente es gloriosa, se sigue sorprendiendo como, aún tanto tiempo después, se seguía conmoviendo al verla. Ella estaba sentada sobre la arena, con los rayos dorados de un sol que comenzaba a caer pegando de perfil sobre su rostro, iluminando sus ojos grises que, como muchas otras veces, se veían lejanos, hundidos en alguna fantasía, en algún mundo más allá de lo posible. La suave brisa otoñal pegaba el rosado chal con el que estaba envuelta a su delicado cuerpo, todo eso creaba el cuadro perfecto. Mientras tanto, ella tarareaba una melodía para sí misma. Al verlo su rostro bajó a la tierra, sólo para hacerse más bello al encuentro con su amor. En cuanto él llegó a su lado, la unión más perfecta alguna vez presenciada se vio completa. “-¿Vamos?- decía él, tendiéndole su fuerte mano –Vamos- Asentía ella tomando la mano que él le ofrecía. La costumbre se había transformado  ya en una cita acordada, la caminata al atardecer, de la mano, sin hablar, transmitiéndoselo todo sin una sola palabra. Un rato, una, media, o cinco horas más tarde, ella decidía -¿Volvemos?- Mientras lo miraba –Volvamos- Asentía él.” Verlos caminando era algo digno de vivir, no parecían dos almas gemelas, no, parecían un alma que, por algún error, había sido puesta en dos cuerpos y ellos habían sido los encargados de encontrar la mitad faltante, y lograron  hacerlas encastrar perfectamente.
Vuelta al presente, su estómago le reclamaba que lo alimentara, ya estaba oscuro, así que se aproximó a la cocina y se cocinó algo muy rápido, hasta hacía unos meses nunca cocinaba. Si no fuera por lo que ella había dicho “-Cuidate, no quiero que te juntes allá arriba conmigo muy rápido. Comé, dormí, hacé todo y acordate mucho de mí, por favor.-” ¿Cómo podía él negar lo que ella le había pedido? Era todo lo que le había dicho la última vez que la vio, después de ese día no volvió a abrir los ojos. Su recuerdo, es lo único que lo mantiene en pie, lo único que logra que cada mañana se levante de la cama y viva su vida, o por lo menos los pedazos que quedaron de ella. Poco le queda de lo que fue antes de que ella entrara a su vida, es que, lo revolvió todo, puso todo patas para arriba desde el primer momento, incluyéndolo a él mismo. Los momentos en los que ella no estaba, nunca habían sido los mejores,  pero ahora se convirtieron en una nebulosa gris, donde nada es claro, un recuerdo no se diferencia del otro. Suavemente se sirve una copa, lo ayuda a dormir, a soportar la desilusión que siente cada vez que sube y cae en la cuenta de que, por más que lo desee con todo su corazón, ella no está ahí.
Ella solía esperar a que él le subiera el café a la cama, mientras hablaban, contaban como había sido su día, leían un libro, para terminar dormidos estrechados en un indestructible abrazo. Ahora el café es algo prácticamente prohibido, el sueño tarda en llegar sin él, con él se demoraría años.
En mitad de la noche un sueño lo despierta, no es una pesadilla, no, al contrario, es un buen sueño; ella está ahí a su lado, viva, observándolo con una mirada tierna y una apenas notoria sonrisa curvando sus labios como solía hacer tiempo atrás “-¿Qué pasa?- preguntó él, la primera vez que la sorprendió observándolo -Nada- dijo ella -¿Y por qué me mirás así entonces?- inquirió él, en un susurro mientras acomodaba un mechón que se había colado sobre su rostro –Porque te amo, ¿Conocés algún motivo mejor?-” En medio de las lágrimas tomó un vaso de agua que tenía preparado a su lado, dispuesto a retomar la difícil tarea de retornar al sueño.
El día siguiente no se diferencia mucho, ni el que sigue a este. El dolor no amaina, y, como siempre, lo único que lo mantiene en pie es saber que en algún momento él va a reunirse con ella para siempre. De lunes a viernes el tiempo que pasa ocupado, lejos de su casa, de las fotos de Celeste, de todo lo que le recuerda a ella, es el mejor, a diferencia de lo que pasaba antes, cuando no veía la hora de llegar a su casa. “-¿Qué tan necesario es que trabajes?- preguntó ella, una mañana en la que Emiliano se estaba despidiendo, mientras ella aún no se había levantado.-Tenemos que comer, pagar las cuentas… Es un mal necesario, sabés cuanto me cuesta dejarte, mi amor.- Era lo que él se repetía a sí mismo, cada vez que pensaba en dejar el trabajo, para no abandonarla nunca más.- ¿Y no hay un lugar para mí?-  no era la primera vez que preguntaba, pero seguía esperando que, mágicamente, él le dijera que sí.- No hay ningún lugar en el mundo en el que estés mejor que acá, acá podés soñar, podés ser vos, estar con tus amigas, tus labores y tus libros. Además, escuché por ahí que extrañarse es algo bueno.- Y, como era habitual, cerraron la conversación con un beso, un beso de esos que mueven montañas.” Ahora se da cuenta de que, tal vez, extrañar un poco es bueno, pero extrañar tanto no, nunca, desgasta el alma, ocupa la mente. Ya su trabajo no es tan bueno como era antes, algunos lo atribuyen a la edad, pero él sabe que es distracción que su mente está  junto a ella, allá lejos.
Al llegar a casa se sirve un té, por supuesto sin olvidar lo hermoso que era tenerlo servido al llegar, compartirlo con Celeste, antes de que ella fuera a anotar en su cuaderno, mirando al mar, desde adentro o desde la playa misma. Hoy es peor, se cumplen ya cuatro meses. Algún conocido dirá “¿Ya pasaron cuatro meses?” pero, para él, el tiempo fue eterno. Desde el mismo momento en que la lucha comenzó, hasta que su cuerpo se rindió fueron como siglos para él, se sentía cansado, no quería dejarla ni por un minuto, temiendo que algo le pasara y él no se encontrara ahí para asistirla. “-Estoy enferma Emiliano.- Le contó ella una noche, mientras estaban sentados, él en el sillón de mimbre, y ella en su sillón floreado.- ¿Qué te pasa? No te ves afiebrada, ni con gripe.- Dijo él con apenas una nota de curiosidad en su voz, levantando la vista del libro.- No, no es una gripe, me estoy muriendo, mi amor, me estoy muriendo.- Se le quebró la voz en las últimas sílabas. La reacción de Emiliano fue completamente distinta, corrió a su lado, nada le dolía más que verla llorar, nada lo hacía sentir peor que ver a su Celeste sufrir. Ella le fue contando los pormenores de su enfermedad, cómo había ido al médico, se había hecho y repetido los análisis que confirmaban lo peor; estaba enferma y no tenía cura. A medida que ella avanzaba, ambos derramaron un mar de lágrimas, el momento que más habían temido estaba llegando, el momento de separarse se acercaba y, por más que juntos dieron pelea y lograron retrasarlo, su partida era inminente.  – Te amo, y adonde sea que te vayas siempre te voy a seguir amando con todo mi ser.-” A partir de ese momento, Emiliano empezó a tener registro de malos recuerdos junto a Celeste, algo que nunca antes había sucedido, si habían existido alguna vez, su mente se había encargado de hacerlos desaparecer.
Como cada día, al atardecer, comienza la cita ya acordada que suplantó a la caminata a orillas del mar. El viejo disco empieza a girar, la melodía se le va metiendo en los huesos, toma la caja de fotos de la biblioteca y las revisa, desde donde abandonó ayer. En la primera fotografía que encuentra la ve radiante junto a él que, a sus propios ojos, se ve opacado, pero inmensamente feliz, cumpliendo sus primeros diez años de casados, festejando junto a sus amigos más íntimos tanta felicidad. “-Tengo ganas de hacer una fiesta- había propuesto Celeste, una semana antes de su aniversario.- ¿No te alcanza con celebrar nosotros dos solos?- preguntó él, mirándola con ternura- Nosotros festejamos nuestro amor todos los días, quiero que las personas que queremos lo celebren también.-“  Desde ese momento ella ocupó todo su empeño en hacer la fiesta más perfecta, y lo logró. La celebración había sido hermosa, ella se veía más hermosa aún que en el mismo día de su casamiento  a los ojos de Emiliano, aunque tal vez eso se debiera a que la amaba cada día más.
En la siguiente foto se la ve a ella, sola, sentada en la arena, con un vestido azul que le sentaba muy bien, él se lo había regalado un día, al volver del trabajo.  Suena el timbre. Lentamente Emiliano guarda la foto en la caja, y se dirige a la puerta.-¡Padrino! ¡Cuánto tiempo sin verte!- un joven de cabello castaño y ojos muy oscuros lo abraza mientras le sonríe. - ¡Diego! Hace mucho que no venís. Pasá, ¿Querés tomar algo? Hago mate, no será tan bueno como los de…- No puede decirlo, todavía le cuesta asumir que ella no va a estar ahí para hablar con su ahijado, el hijo de sus amigos, Denise y Gonzalo,  quienes los habían elegido para apadrinar a su, entonces, pequeño, alrededor de treinta años atrás. 
Clari dice chau

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