lunes, 28 de mayo de 2012

Luz, cámara...Sumisión


Hoy fue uno de esos días en los que casualmente convergieron los mismos temas aunque en situaciones distintas. Viendo la serie estadounidense Friends con un amigo, éste comentó cómo a través de producciones como éstas o Los Simpson se intenta anular nuestro pensamiento dándonos una sensación de disfrute. Fue simplemente un comentario, pero resulta difícil refutarlo: solo basta con recapitular cuántas veces se nos hizo ejercitar nuestro cerebro durante la media hora que dura el programa.
 Más tarde decidí ponerme a leer unos apuntes de Sociología que tenía pendientes. El capítulo se llama: Cultura de masas: ¿máscara de un rostro?, por Marisa Iacobellis, y desarrolla la problemática de la masificación en la producción y en el consumo cultural, y la relación de la cultura de masas con la cultura popular. Aunque cita varias fuentes, centra su análisis en la postura de la Escuela de Frankfurt en torno a este tema. Ellos creen conveniente desplazar el término ‘cultura’  y reemplazarlo por ‘Industria cultural’ con el fin de mostrar cómo la lógica mercantil y la racionalidad instrumental propias de la producción capitalista se han trasladado al ámbito de la cultura. Así proponen que se consumen bienes culturales del mismo modo que se consumen productos industrializados, bajo los mismos conceptos de estandarización y homogeneidad en la producción, sólo que los primeros tienen la característica de la diversidad como apariencia de libertad de elección. Se dice que la industria cultural tiene como finalidad serle útil al modo de producción capitalista y de esta forma se producen bienes culturales (como programas de televisión, películas, etc.) que generen la sensación de divertimento y distracción. Para ello es necesario anular toda reflexión y posibilidad de participación logrando un ordenamiento del tiempo libre del sujeto consumidor  y permitiendo ‘la total explotación y sumisión de sus mentes y de sus cuerpos al régimen de producción capitalista’. Así las rutinas de la vida cotidiana se amoldan a los tiempos de los procesos industriales. Cuanto más fiel a la realidad son los productos culturales, más se limita la imaginación y libertad de pensamiento del sujeto y más se lo inserta en la lógica capitalista. Citando un ejemplo que me pareció más que atinado: “Si los dibujos animados tienen otro efecto, fuera del de acostumbrar a los sentidos al nuevo ritmo, es martillar en todos los cerebros la antigua verdad de que el maltrato continuo, el quebramiento de toda resistencia individual, son condición de vida de esta sociedad. El Pato Donald en los dibujos animados, como los desdichados en la realidad, recibe sus puntapiés a fin de que los espectadores se habitúen a los suyos”. Silverstone, Televisión y vida cotidiana, Amorrortu, Buenos Aires, 1994, p 190. Entonces, los pensadores de la Escuela de Frankfurt plantean que a través del arte (en las sociedades modernas, la televisión), los individuos recrean los momentos de la vida cotidiana, sin oportunidad de escaparse de aquello que vino haciendo durante todo el día.
Si bien las postulaciones de esta Escuela son un tanto extremas, si observamos al clásico sujeto sentado en un sillón con una cerveza en la mano, haciendo zapping, vemos cómo su vida está dirigida por la industria cultural que consume (increíble casualidad, acabo de describir a Homero Simpson). Al llegar de su lugar de trabajo, los sujetos ven aparentemente un escape a la realidad cotidiana en la televisión. De lo que no son enteramente conscientes es que las temáticas abordadas por esa industria tienen como objetivo anular la capacidad de participación y razonamiento del individuo, quien está siendo nuevamente introducido en su monótona vida cotidiana a través de supuestos métodos de esparcimiento.
Una aclaración final: soy una gran consumidora de Friends (pero por ahora puedo observar sus efectos neutralizadores de pensamiento en la gente). Una sugerencia final: lea un libro. 

Cami dice chau

jueves, 24 de mayo de 2012

Al natural

Hoy me pensé en aquella montaña
Hoy me fundí en aquellos colores
Hoy me perdí con el viento 
y busqué refugio tras la enorme piedra.

Hoy es un día cualquiera,
de un tiempo azaroso.
El instante de la naturaleza, 
que es cada segundo,
marca el compás de la melodía
que escucho entre sueños.

Cami dice chau

lunes, 21 de mayo de 2012

Para no ser un recuerdo hay que ser un reloco

Lo dijo Peralta Ramos, lo transcribió Martínez, Calamaro lo leyó, tiene mala memoria pero lo aprendió. Y yo acá lo retomo y lo digo con orgullo: Si no querés ser un recuerdo tenés que ser un reloco. Y creo que no nos queda otra...porque un recuerdo no queremos ser. 
Quién me puede decir lo contrario, los mejores momentos son los más extravagantes e inesperados. En los que lo que dabas por sentado termina parado, en el medio de todos, bailando. 


Cami dice chau

sábado, 19 de mayo de 2012

Chau y hola

A veces decir chau no es despedirse. Uno dice chau cuando se va. Uno muchas veces lo dice  y no está pensando en que se está separando. En este tiempo histórico en el que estamos viviendo, muchas veces pese a que uno dice chau, sigue conectado, sigue en contacto. Uno se despide a sabiendas de que en cualquier momento puede restablecer el contacto. Pero a veces sí se despide. Se despide del otro. Sabiendo que quizá va a pasar mucho tiempo antes de poderse contactar otra vez. Pero es difícil imaginarse que cuando uno dice chau ese chau será definitivo. Las despedidas no suelen ser definitivas. Cuanto menos, siempre queda el recuerdo.
Creo que siempre estamos despidiéndonos de algunas cosas. Pero hay momentos en que las despedidas son más grandes. Creo que hoy es uno de esos momentos para Cami, y que por eso la definió tanto este título. Tal vez este no es tanto mi GRAN momento de despedidas, de toma de conciencia de que hay ciertas cosas que ya terminaron y que de ellas solo me queda el recuerdo y el aprendizaje para poder seguir creciendo en mi vida. Pero hace un par de años (en poquito van a hacer 3) me comprometí a acompañarla. Siempre. A aconsejarla, a apoyarla, a estar para ella cada vez que lo necesitara. Así que acá estoy. Le doy lo que tengo, le doy mi compañía para que transite este momento. Por supuesto, a mí también me incumbe este tema. La necesidad de decir chau a pequeñas cosas día a día, momento a momento es imperiosa. El nombre terminó de cerrarme cuando lo vi. Cuando dije: "Y bueno, digamos chau. Digamos chau y abramos los brazos a lo que venga, a todo aquello que vendrá, a todo eso que la vida nos tiene preparado".
Acá estoy. Para decir chau a lo que haya que decir chau y para recibir con el corazón abierto de par en par a todo aquello a lo que haya que darle la bienvenida.


Clari dice chau.

viernes, 18 de mayo de 2012

Hola y Chau

Empezamos hoy una nueva batalla cibernética, y una nueva batalla de palabras. Nos cuesta (o nos aburre, o no sé qué pasa) mantener un mismo blog, pero supongamos que éste va a ser el definitivo. Y lo paradójico de la cuestión es que hoy estamos diciendo "hola" a "todosjuntosdiganchau". No crean que la elección de un nombre es tarea fácil. Muy por el contrario pasamos meses disconformes con nuestro anterior "camiyclariescriben". Demasiado lineal, demasiado explícito, demasiado poco utópico. Y me preguntarán qué tiene de utópico decir chau, de hecho yo misma me lo pregunto, y Clara tampoco veía en ese nombre la esencia de nuestras intenciones. Permítanme tratar de explicar -incluso a mí misma- por qué me atrajo esa frase. En primer lugar la escuché en una canción muy tierna y muy hermosa y súper recomendable cantada por Adrián Berra: "Golosinas". Habla de la transición de la niñez a la adultez y retoma elementos clave en la vida de los chicos que luego con el crecimiento se resignifican, y cobran un sentido tal vez más cotidiano. Pero estos momentos de cambio consisten justamente en despedir al anterior. Entonces se me ocurrió darle un sentido alternativo, que no se relaciona estrictamente ni con la canción ni con el crecimiento físico. Se trata más bien de un crecimiento espiritual. Hay muchas cosas que adquirimos y mamamos de la sociedad que no contribuyen a este crecimiento del que hablo, sino que tratan de estancarnos en el lugar, impedir que busquemos más allá, que nos cuestionemos, que dudemos. Nos dan respuestas, y eso frena nuestro crecimiento interior. Por eso propongo que recuperemos las raíces, recuperemos la inocencia, la espontaneidad, el 'instinto animal', volvamos a valorar lo más puro que muchas veces está subestimado, y de esa forma decirle chau a todo lo que nos nubla la vista, o nos la desvía del horizonte. Chau a las formalidades, al sentido común, a los prejuicios, a los juicios, a la 'buena presencia', a las publicidades y propagandas, a las carteras caras, a la bici con motor... Démosle un nuevo valor a todo aquello que nos da medios para conectarnos con nosotros mismos y nos permite fijar nuestra mirada y nuestro pensamiento en el horizonte. Ese horizonte en el que está la utopía. En palabras del gran Eduardo Galeano:  "Me acerco dos pasos y ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos, y el horizonte se desplaza diez pasos más allá. A pesar de que camine, no la alcanzaré nunca. ¿Para qué sirve la utopía? Sirve para esto: para caminar. La utopía sirve para caminar, pero hay otra utopía que es la del poder negativo que nos querría hacer vivir sin caminar, quizás se deba decir que dejaremos de morir y reanudaremos con fuerza el camino cuando renunciemos al poder...".


Cami dice chau