Hoy fue uno de esos días en los que casualmente convergieron los mismos temas aunque en situaciones
distintas. Viendo la serie estadounidense Friends
con un amigo, éste comentó cómo a través de producciones como éstas o Los
Simpson se intenta anular nuestro pensamiento dándonos una sensación de
disfrute. Fue simplemente un comentario, pero resulta difícil refutarlo: solo
basta con recapitular cuántas veces se nos hizo ejercitar nuestro cerebro
durante la media hora que dura el programa.
Más tarde decidí ponerme
a leer unos apuntes de Sociología que tenía pendientes. El capítulo se llama: Cultura
de masas: ¿máscara de un rostro?, por Marisa Iacobellis, y desarrolla la
problemática de la masificación en la producción y en el consumo cultural, y la
relación de la cultura de masas con la cultura popular. Aunque cita varias
fuentes, centra su análisis en la postura de la Escuela de Frankfurt en torno a
este tema. Ellos creen conveniente desplazar el término ‘cultura’ y reemplazarlo por ‘Industria cultural’ con
el fin de mostrar cómo la lógica
mercantil y la racionalidad instrumental propias de la producción capitalista se
han trasladado al ámbito de la cultura. Así proponen que se consumen bienes
culturales del mismo modo que se consumen productos industrializados, bajo los
mismos conceptos de estandarización y homogeneidad en la producción, sólo que
los primeros tienen la característica de la diversidad como apariencia de
libertad de elección. Se dice que la industria cultural tiene como finalidad
serle útil al modo de producción capitalista y de esta forma se producen bienes
culturales (como programas de televisión, películas, etc.) que generen la
sensación de divertimento y distracción. Para ello es necesario anular toda
reflexión y posibilidad de participación logrando un ordenamiento del tiempo
libre del sujeto consumidor y permitiendo
‘la total explotación y sumisión de sus mentes y de sus cuerpos al régimen de
producción capitalista’. Así las rutinas de la vida cotidiana se amoldan a los
tiempos de los procesos industriales. Cuanto más fiel a la realidad son los
productos culturales, más se limita la imaginación y libertad de pensamiento
del sujeto y más se lo inserta en la lógica capitalista. Citando un ejemplo que
me pareció más que atinado: “Si los
dibujos animados tienen otro efecto, fuera del de acostumbrar a los sentidos al
nuevo ritmo, es martillar en todos los cerebros la antigua verdad de que el
maltrato continuo, el quebramiento de toda resistencia individual, son
condición de vida de esta sociedad. El Pato Donald en los dibujos animados,
como los desdichados en la realidad, recibe sus puntapiés a fin de que los
espectadores se habitúen a los suyos”. Silverstone, Televisión y vida cotidiana, Amorrortu, Buenos Aires, 1994, p 190. Entonces,
los pensadores de la Escuela de Frankfurt plantean que a través del arte (en
las sociedades modernas, la televisión), los individuos recrean los momentos de
la vida cotidiana, sin oportunidad de escaparse de aquello que vino haciendo
durante todo el día.
Si bien las postulaciones de esta Escuela son un tanto
extremas, si observamos al clásico sujeto sentado en un sillón con una cerveza
en la mano, haciendo zapping, vemos cómo su vida está dirigida por la industria
cultural que consume (increíble casualidad, acabo de describir a Homero
Simpson). Al llegar de su lugar de trabajo, los sujetos ven aparentemente un
escape a la realidad cotidiana en la televisión. De lo que no son enteramente
conscientes es que las temáticas abordadas por esa industria tienen como
objetivo anular la capacidad de participación y razonamiento del individuo,
quien está siendo nuevamente introducido en su monótona vida cotidiana a través
de supuestos métodos de esparcimiento.
Una aclaración final: soy una gran consumidora de Friends (pero por ahora puedo observar
sus efectos neutralizadores de pensamiento en la gente). Una sugerencia final: lea un libro.
Cami dice chau
