miércoles, 15 de enero de 2014

Chauchito (2)

Saber que llevo un destello de tus ojos en los míos me llena de alegría, saber que tus recuerdos nunca se van, me llena el alma.
Nos va a costar acostumbrarnos a todo. Ir a la cancha y que no nos esperes ni nos despidas. Entrar a una casa vacía. No mimarte, que no me mimes. No escuchar "Qué manitos frías". No ir a verte. No escuchar como con tu sordera y tus veinte nietos, muchos sobrinos, hijos y nueras, te llamo y me decís "Hola Clarita, ¿cómo estás?". Qué no nos pidas que entremos, "habiendo tanto lugar adentro, por qué están en la calle". Jurarte y rejurarte que me encantó la comida pero que ya estoy llena. Tomar un té que hiciste hace dos días, pero se banca igual. Sugus de la canastita, surtidas de la lata, un poco de quesito para Jose, mucho mate, servido con la cucharita naranja. 
Entre esas, otras tantas. Cada uno tendrá las suyas. Pero hay mil cosas que no nos vamos a olvidar. La principal: juntarnos todos, alrededor de una mesa grande. Saber que hay algo que nos une a todos, a pesar de todo lo distinto, y es el amor. Creer que en algún rincón estás, renegando porque te despedimos como te hubiera gustado, donde hubieras odiado. Todos juntos, sí, tomando mate, en la vereda. Nadie nos hubiera creído que estábamos de velorio, que te extrañamos, que te amamos, pero estábamos, sólo que reír contagia, y es más dulce que llorar (y tu vaso de fernet no se debe calentar).
Podría escribirte una carta o mil. Pero seguramente será una sucesión atropellada de palabras que se resumiría en: "te quiero y te voy a extrañar".

De hoy y para siempre, brindaremos por vos con un fernet. 



Tus papás tuvieron las rodillas raspadas antes que vos 

no es que me acostumbre a la muerte, 
pero pensaba que era más fuerte
y no… no puede apagar el amor 

Dejá nomás… que la tardecita pase lenta 
que la muerte se vaya contenta 
ella no sabe todo lo que deja… 

¿por qué llorar? 
nos quedan los tatuajes de tus besos 
amores de merienda como el nuestro 
solo entierran un montón de huesos.


Clari también dice: "Chauchito y qué gane Banfield"

martes, 14 de enero de 2014

Chauchito

No sé si escuchás o necesitás que te hable del otro oído. Yo por las dudas modulo bien para que me entiendas. Hoy te dijeron muchas cosas, sin dudas desde el corazón, pero quiero colaborar con mi experiencia tal vez para sentirme más identificada con lo que siento. Te quería decir gracias por esperarnos con la picada cuando volvíamos de la cancha, y quería mencionarte la ternura que me daba que vieras unos minutos del partido por la tele lluviosa sólo para compartir algún comentario con nosotros después del partido: no creo que realmente te importara verlo. Quería agradecerte por tener siempre la canastita llena de Sugus y por ofrecernos al principio, cuando éramos más chicos (después cada uno sabía y agarraba); nunca nos faltó dulzura en tu casa. Si te caracterizaron por el silencio, yo quiero disentir porque además de tu gusto por la charla, tus ojos celestes y tu sonrisa tierna siempre pidieron a gritos cariño. Un poco de ese amor que diste incansablemente lo querías de vuelta: necesitabas un abrazo, un llamado, un asado en familia. Un “¿No quieren pasar  tomar un cafecito?” después de todo un día juntos. Y tus ganas de estar con la familia las traducías en piernas inquietas que ofrecían café, cebaban mate, sacaban tarros de galletitas y las ponían en sus tapas. Almuerzos, aperitivos, fernet con americano y soda. Gracias, porque tu casa fue siempre el mejor lugar de reunión, y las visitas fueron siempre una excusa y el mejor motivo para unir a todos los Merlo, no tan sencilla tarea. Te recuerdo también molesta cuando golpeábamos muy fuerte el portón con la pelota, cuando rompíamos los vidrios o los faroles del patio. Y “que cerremos la puerta y entremos”, de tus últimos caprichos. No me quiero imaginar cómo te  habrías puesto ayer: todos sentados en la vereda tomando mate.

Pero cuando miré a mi alrededor y vi que no paraba de llegar gente, que la iglesia estaba llena y que vos no estabas en los primeros asientos, ahí lo entendí. Nos supo reunir el amor y nos va a seguir reuniendo el recuerdo, las ganas de seguir dándole fuerza a lo que nos diste con el abuelo. Te fuiste, sí. Pero nos dejaste como testigos de lo hermoso que es tener una familia grande, de lo lindo que es juntarse, tomar y comer algo y sentir que no vas a terminar solo (quizás un poco borracho nomás, pero alguien te va a alcanzar a tu casa.) 


Hoy, cada uno desde donde está, nos vamos a servir “un vasito de coca, (“¿con fernet?”), bueno, un poquito”, para hacerte honor.

viernes, 10 de enero de 2014

Sonreía

Mañana de sábado. Cuánta somnolencia por acá. Levantarse a las 7. Preparar el mate para que la mañana pase más rápido. No es un mal día, pero es muy sábado, viste. En una carrera sin precedentes, 7.25 afuera. Caminando a la estación de Lomas. De pasada unos bizcochos.. No, mejor no. Esperar el tren, todas caras de sábado a las 7.40. Y anoche salí, aunque volví temprano. Recital, divino. La voz de ese muchacho, un genio con sus, ponele que, monólogos.  Se me escapa una sonrisa. Como siempre. Tengo la sonrisa fácil, no te creas que me ganaste si te sonrío. Pero si no te sonrío, definitivamente, es irremontable: no me vas a ganar. El tren llega, subimos. Viajo parada, por suerte puedo apoyarme en una pared. Leería, pero, sinceramente, prefiero cerrar los ojos y estirar un poco el sopor, no despertar... Si tengo suerte me duermo. Total me bajo al final del recorrido, y nunca falta ese con buena onda que te despierta en Constitución, cosa que no te vuelvas hasta, no sé, Eziza, Glew, Korn... Me calzo los auriculares llegando a Banfield, bah, uno solo. No me gusta aislarme completamente, así que el otro lo dejo colgando. Me dormité, pero pude bajar sin que nadie tuviera que avisarme. Bajar las escaleras, tomarme la línea C del subte que transita por las entrañas de mi (a veces) querida Buenos Aires. Uy, un golazo viajar sentada en la C. Tercer vagón, primera puerta. De tanto viajar aprendí que de ahí salgo directo a la escalera que me lleva a la combinación con la línea A, a Carabobo. Llegamos a Avenida de Mayo. Los negocios subterráneos recién están amaneciendo, algunos siguen con las persianas bajas. Los vendedores ambulantes y los artistas todavía no llegan. Curiosamente, hay poca gente ¿Estaré llegando demasiado temprano? No. Bah, un poco nomás. Camino, camino. Me gusta viajar adelante. Me siento en el banco, a esperar. Ahí viene un subte centenario. Todo de madera, frente azul y gris, unas rayas oblicuas en amarillo... El tren frena. Yo me levanto. El guarda abrió la puerta mientras yo pensaba: "Pero mirá qué bueno, viajo con el guarda lindo". Nada raro, ¿a quién no le gusta viajar con algo bello que admirar?Subo con un: —Buen día —siempre saludo, no te creas que sólo porque era lindo. —Hola, buen día —me saluda y sonríe. Muy poca gente en el vagón, habremos sido cuatro o cinco en todo el trayecto. Por supuesto, te imaginarás, viajé sentada. El recorrido fue... raro. Incómodo. El guarda pasaba por el pasillo a mi costado entre estación y estación, para hablar con el maquinista. El problema no era que pasara, el problema era que se reía. Me miraba y se reía. Me la banqué cantando bajito, ya con los dos auriculares puestos. Hasta que no me la banqué más... y cerré los ojos para cantar bajito. Pero no podía contenerme, y a veces espiaba, y él seguía haciendo lo mismo. Después de pasar Primera Junta me levanté. Me abrigué. Acomodé la mochila. Me acerqué a la puerta, sin mirar al guarda, que ya estaba instalado en su puesto. Casi llegando a Puán levanté la vista. Y ahí lo soltó: —Estoy enamoradísimo de tus ojos —. Me incendié, mientras esperaba que frenara y me abriera la puerta. Le sonreí y lo saludé, mientras mis cachetes se ponían bordó: —Chau, buen día—. Volví a sonreír. Todavía no sé si me ganó. Pero me hizo sonreír.

Clari les sonríe

jueves, 2 de enero de 2014

Preguntas de rutina

- ¿Me vas a extrañar?
- Ya te extraño.
- Pero si todavía no me fui.
- No, pero la idea de que te vayas me hace extrañarte.
- Mirá que sos complicada, eh. Disfrutemos ahora.
- Yo disfruto ahora. Vos me preguntaste por el futuro, si te iba a extrañar.
- Pero era una pregunta de rutina, no sé. Los novios se hacen esas preguntas.
- Si yo soy complicada, vos sos muy básico, Julián.
- No, gorda, no me digas así. Vení, no te enojes. Dale, sigamos viendo la peli.
- No me gustó.
- ¿Y por qué no me lo dijiste antes?
- Porque a vos sí te gustaba y no te la quería cortar.
- No seas tonta, amor. Vamos a dormir un rato.

  Como en todas las peleas de rutina, siempre gana la escena del sillón. La farsa de la siesta purgatoria, que no llega siquiera a percibir la patadita dormitada. Al abrazo pensativo, lo sigue la mano atrevida de quien se anima a hacer la primera jugada. Quizás sufra un rechazo en un primer momento: una defensa atenta que no logra olvidar el intercambio de palabras en el vestuario; pero que no va a poder con la segunda, que la encuentra distraída y debilitada. Tal vez un poco encendida. El desgaste de la pelea no tiene sentido. Baja la guardia y prende el amor. Enciende los besos y apaga sus ganas de extrañarlo. Sólo en el sexo se vive el presente.


  Satisfechos, Lara y Julián se rinden en su despedida más belicosa. Ella sonríe, porque sabe que todas las peleas de rutina terminan en empate.