Puede resultar extraño, pero quien conserva la alegría incluso frente a los eventos más desafortunados, puede considerarse privilegiado. Y aquel que es capaz de transmitirla, se considera un revolucionario. Revolucionario que se subleva no solo contra una situación capaz de producirle tristeza. Se subleva contra todas las injusticias que se esconden detrás. Enfrentando con alegría un mal momento obliga a replantearse las raíces de esa situación y qué condiciones llevaron a que ocurriera. Ser feliz en momentos en los que se está sobrecargado de responsabilidades y de quehaceres cotidianos es igual de valorable, porque no se permite al tedio entrar en su vida, o incluso se lo acepta como parte de la vida, pero de todas formas se es feliz. Una sonrisa sincera, una carcajada, buena predisposición, son esenciales para encarar las injusticias que atraviesan el mundo. No se trata de ser feliz a pesar de ellas, sino de ser feliz para lidiar con ellas. Hablo de la alegría como impulsora de la voluntad.
Cami dice chau
Esta es una guerra, una guerra a diario. Una guerra por el mundo, para el mundo, contra el mundo. Vistámonos de guerreros, o, mejor aún, de guerrilleros. Salgamos a pelear por lo que nos corresponde, por lo que es nuestro y nos robaron. Peleemos por nuestras mentes, peleemos por la libertad que tienen secuestrada ellos, a los que no les molesta dejarnos en la ruina con tal de satisfacer su ambicia.
martes, 26 de junio de 2012
domingo, 10 de junio de 2012
No nací para ser plateísta
Los plateístas no cantan. No creo haber revelado ningún secreto, pero es un punto importante a resaltar. Se salvaban unos tres o cuatro chicos que le ponían onda y yo obviamente los seguía, y unas pocas situaciones clave, como el momento después del gol, y algún que otro "que esta tarde cueste lo que cueste, esta tarde tenemos que ganar". Los plateístas no pueden aguantar más de cuarenta y cinco minutos de juego sin comer. Llega el entretiempo y la gran mayoría se levanta de sus asientos para ir al (hermoso) buffet y comprarse toda clase de cosas. Desde hamburguesas (a $19,50), sandwiches super completos, café (a $10), super panchos, hasta galletitas pepitos (las que le copiaron a Toddy, que ni me quiero imaginar el precio). Resulta increíble la comparación con la Mouriño, donde nosotros ratoneamos una (injusta) Coca, cada vez más aguada, a $14, que solo compramos los días de calor cuando la boca se seca de tanto cantar y gritar. También pasa el señor vendiendo garrapiñada, maní y golosinas. La mayoría del público lo mira con deseo pero no piensa gastar tan desproporcionada cantidad de plata en unos Sugus confitados. Es común ver que la gente se lleve unos chicles o unos caramelos de la casa para amortizar la espera del segundo tiempo, o simplemente nos aguantamos a llegar a lo de la abuela. En la platea, cuando pasa una posible jugada de gol, muchos se paran por la emoción y para verla mejor. A veces la adrenalina hace que esa gente (me incluyo) permanezca parada, pero no pasan dos minutos, que los que estaban sentados empiezan a gritar: ¡abajo! En parte lo entiendo, porque si quisieron ir a la platea era para estar cómodamente sentados viendo el partido; si hubieran querido estar parados habrían ido a la popular. Pero yo no puedo estar sentada viendo un partido, si incluso parada pego unos saltos impresionantes en situaciones emocionantes. En la platea no me puedo expresar completamente. Los plateístas miran mal a mi papá cuando putea excesivamente al árbitro. En la Mouriño también, pero viniendo de los plateístas me molesta más, porque tengo la imagen de dos flacos caretas sentados adelante, que no cantaban, no emitían emoción, no se abrazaron demasiado en el gol, y que encima se rieron de mi papá. Y del enojo que tenía les dije irónicamente: Qué gracioso, ¿no?. No se rieron más. Parece que impongo respeto.....
Mi lugar sin dudas es la Mouriño, con todos sus defectos. Tal vez llegue el día en que vaya con Clari a la Valentín Suarez y me enamore un poco más de los gritos y cantos desaforados, saltando al ritmo de los bombos. Pero mis primeros pasos en la cancha los di en la Mouriño, mis mejores abrazos de gol, mis mejores charlas, mis mejores compañías, mis mejores partidos los viví ahí. Indudablemente es donde tengo los mejores recuerdos. La frialdad que pueden imponer algunos en ese sector queda completamente contrastado con el calor de la familia, de la pasión, del solcito de la tarde en la cara, y de los abrazos de gol más emotivos, violentos y desinteresados.
Cami dice chau (a la platea)
Mi lugar sin dudas es la Mouriño, con todos sus defectos. Tal vez llegue el día en que vaya con Clari a la Valentín Suarez y me enamore un poco más de los gritos y cantos desaforados, saltando al ritmo de los bombos. Pero mis primeros pasos en la cancha los di en la Mouriño, mis mejores abrazos de gol, mis mejores charlas, mis mejores compañías, mis mejores partidos los viví ahí. Indudablemente es donde tengo los mejores recuerdos. La frialdad que pueden imponer algunos en ese sector queda completamente contrastado con el calor de la familia, de la pasión, del solcito de la tarde en la cara, y de los abrazos de gol más emotivos, violentos y desinteresados.
Cami dice chau (a la platea)
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