viernes, 25 de julio de 2014

De ternura y ternura

El sueño la dominaba... La cerveza no había sumado a ese bajón que se produce cuando te liberás de una tensión, algo que presionaba, presionaba y de pronto libera. Se apoyó en él, un poco para no caerse, un poco porque disfrutaba tenerlo cerca... Él la abrazó, tierno... Sus manos se las arreglaron para rodearla aun con la inmensa mochila que ella cargaba sobre sus espaldas. Ella respondió el abrazo, tímida. No entendía muy bien, pero estaba de acuerdo. Era lógico. Así tenía que ser, por supuesto. Después de un rato, trató de deshacer el abrazo, pero él no la dejó. La siguió abrazando, mientras le daba un beso en la coronilla, un beso en el pómulo, como diciendo: "Todo va a estar bien, chiquita". Y ahí ella entendió. Estaba hecho. Estaba entregada. Ese momento que no esperaba, pero que sabía que debía llegar, llegaba. Sacó su rostro del hombro de él, despacio, lo miró a los ojos, y lentamente se fundieron en un beso. Tierno. Suave. Esperado e inesperado. Deseado e indeseado. Pero indudablemente bello.

Claru escribe, aunque no sabe por qué.

martes, 8 de julio de 2014

¿Qué hacemos con la vida?

Fue un beso de acá, un beso de allá. Un beso de ternura y de  poca fe. Un beso de ganas, de tiempo, de pasión, de no aguanto más. Un beso de amor amistoso, de amor en otro lado, de amor equivocado, o no tanto. Que si vos supieras, te morís, me matás, lo matás, ya sé, lo que no sé es si está mal, ni lo quiero pensar, mejor. Pero ante todo, fue un beso que vale la pena. Porque ¿qué hacemos con la vida, si nos guardamos los besos que los dos queremos dar? Si total, pronto nos vamos a olvidar...
Clari escribe

jueves, 3 de julio de 2014

Una noche en la playa

Como no sirve de nada
me servís de inspiración
Las mentiras se vuelven rima
y cada adiós, una historia voraz.

Cuando yo te escribo
invento nuevos vacíos
infinitos como el trazo de mi pluma

Te dibujo milenario
Te creo imperturbable
Te recito perfecto

Un dolor profundo
puebla la tinta febril
Lunas moradas de espuma
fingen un llanto escampado

Te borro interesado
Te equivoco sinestésico
Te cambio prepotente

La noche te encuentra desolado
Cami

viernes, 20 de junio de 2014

La ciudad prohibida

La ciudad prohibida propone historias inconclusas y adioses sin abrazos. Estaciones sin pañuelos y miradas lejanas, aunque profundas. La ciudad a la que se le prohíbe el cariño y las palabras sinceras, pero que se alimenta de una lejanía excitante, como inalcanzable, como recurrente.
Nos damos el último beso en la plaza, condenados a excusas sanadoras, a distancias reconfortantes. Reincidimos en el pecado de pieles prohibidas, pero ya en tierra yerma, sin posibilidad de daño. El amor sólo duele en la ciudad prohibida. La superación se da en la distancia.
Cuando su máscara de aire fresco y familiar vuelve a esconder destinos certeros, uno se cree fuerte y desengañado. Pero otra historia va a permanecer intacta y sin final en un bar o en un teatro, lista para el acecho.
La ciudad que esconde finales para transformarlos en místicos recuerdos y, por qué no, en desafiantes esperanzas. Se impregnan indecentes en los adoquines o en los techos rojos de las casas. Quizás sobrevuelan el aire alimentando la excitación de lo prohibido, alterando memorias, superando dolores, recordando roces.

En la ciudad prohibida nos desvela una música de fondo, un sinfín de vibraciones que se lleva el viento, energía que se pierde en el aire. El mismo aire que nos hace caer de nuevo en la realidad devastadora y lejana.

jueves, 22 de mayo de 2014

F de Fantasma

Él era un fantasma. Un nombre sin cuerpo. Tal vez un rizoma. Vagabundeaba mentes y asaltaba corazones. Te permitía imaginarlo e inventarlo. Figurarlo enemigo, crearlo amante, sentirlo amigo, pensarlo buen tipo. Te dejaba descubrirlo una y otra vez; pero nunca era
un pibe que te cruzás en el semáforo
un portero que limpia la vereda
un kiosquero que te da el vuelto en caramelos
Un hijo de vecino, como quien diría. Tenía la particularidad de sonar fuerte, casi como un tema del verano, pero nunca hasta el hartazgo. Cuando irrumpía en tu vida era difícil de evadir, porque sus sentimientos no conocían medias tintas. Como ser marxista no era suficiente, vagaba con su mente por Babel, porque su espíritu inquieto no se conformaba con motivos sin razón. Su libertad no conocía normativa y su biblia no estaba sino siempre por ser creada.

Él era un fantasma. De esos inabarcables. De esos indecibles. Pero cuando entraba en tu vida no pedía permiso. Disparaba sin reparo al corazón, revolviendo pensamientos, desordenando tus entrañas, revolucionando tus días.


Y cuando se hacía piel, -¿qué más podías pedirle?- te daba un abrazo de eternidad, un beso de caricias, una mirada de amor.

Cami

lunes, 19 de mayo de 2014

15M

Agarró la bandera y se la colgó de los hombros. Bajó por un rato, porque sabía que era una noche especial. Todo estaba muy distinto de aquella vez, y se escuchaba en los latidos como incesantes bombos. Los alrededores del estadio rebalsaban de gente: jóvenes con traje, que habían corrido de sus trabajos, nenes a upa con sus camisetas diminutas verdes y blancas, chicas que no dejaban de hablar de la emoción; vendedores de ilusiones y de cadenitas, vendedores de almanaques. Y adentro ya se empezaba a sentir la euforia generalizada. Él se sentó cerquita del arco, ahí donde le gustaba estar. Todavía no había sanado la herida de ese junio gris: la pasión vendida por políticos corruptos. Un verde que habían convertido en podredumbre y un blanco que usaban para lavarse la cara y seguir impunes. Pero ese día era diferente. Miles de almas apretadas por los nervios. Once jugadores que llevaban grabada la sonrisa en el corazón. Y viejos corazones que llevaban grabado en la mente aquel ascenso anterior. De ese sí que se acordaba bien, y notaba en el brillo de los ojos de los más grandes que ellos también lo guardaban en sus retinas, y estaban ansiosos por volver a gritarlo.

Su nombre se escuchó una sola vez. Juugadores, poonga huevo, quee Garrafa alienta desdel cielo. Fue como una oración cargada de vergüenza, porque no era el momento para invocarlo: los jugadores ya estaban poniendo. Y él, en verdad, tampoco estaba en el cielo. Coladito entre la gente, casi invisible a pesar de sus alas, como las que le pintaron en la bandera, tenía colgada su bandera en los hombros. Y al grito de gol le siguió un abrazo de viejos tiempos, de descargo y de venganza. Un grito que dio fe de que la gambeta vale más el dinero. Un abrazo que demostró que la unión no sólo estaba en las tribunas, sino en el campo de juego.

El silbato final fue un alivio de primera, un alivio de volver a estar donde pertenecemos. Esa vez, los ojos se le llenaron de lágrimas de emoción y de nostalgia, de orgullo de campeón. El blanco y verde de las camisetas se llenaron de fiesta y la vuelta dejó al descubierto una alegría de equipo.


Llegó a la plaza que lo había inmortalizado en el barrio, “El Taladro José Luis Garrafa Sanchez.” Llegó, empujado por un tumulto de gente que no dejaba de saltar (para no ser pingüino), y de cantar su pasión. Pensó que ya tendría tiempo para estar allá arriba, pero que ese día era de asado y de alegría, quizás de Tiara o de Juancito, quién sabe. Era un día de Maipú y Alsina. Se ató la bandera a los hombros y le pidió a San Pedro que lo disculpara unas horitas más. Banfield había ascendido y había que festejar.

Cami

viernes, 4 de abril de 2014

Adolecer

Taquicardia adolescente, como si hiciera falta decirlo. Me dolía lo desconocido, me dolía la pasión guardada. Dolía en el pecho y en la pelvis. Ardían los cachetes cuando se encendía de sonrisas y ardían del frío que hacía esa noche. Lo había practicado, me lo había imaginado, y había visto películas, y a pesar de eso no tenía la mínima expectativa de cómo debía ser. Sólo sabía que tenía que pasar ya. El corazón no aguantaba más de pellizcones y la panza de punzadas prometedoras. Cuesta explicar el dolor que sintió mi pecho cuando nos dimos un beso. Era puro tambor y pandereta, pero dolían los golpes. Dolía, sin saberlo todavía, el futuro por adelantado. Y dolió los meses que le siguieron. Pero esa noche de carnaval quedó en la memoria de pieles y de sonrisas, con la luna vigilando de incógnito y el viento empujándonos uno contra el otro.

                                                                                                                                          Cami

miércoles, 12 de marzo de 2014

Unos ojos de horizonte

Hoy soñé con ella; no creo que haya sido casualidad. La vi tan nítida y la escuché como ella no lo habría hecho. Me decía “Vení, sentate, Camilita.” Me acuerdo de ese apodo porque en el sueño me puse a pensar si alguna vez me había dicho así. Y eso me llevó a la realidad y me dije, mirándola, que no podía ser, que ella ya no estaba, que no era de verdad. Mientras, me miraba con esos ojos cálidos y esa sonrisa profunda, con su cara un poco inclinada para abajo y hacia un costado (¿entienden cómo?). Y se me ocurrió que ese instante, esa mirada pícara y cómplice era tal vez el momento más perfecto y el más precioso recuerdo. En silencio, sí. Pero gritando caricias y vociferando abrazos. Y hoy vino nuevamente a mi cabeza, pasados dos meses, a recordarme lo mucho que la extraño y lo bien que hago en extrañarla.


Cami


unos ojos de horizonte
se cerraron a esta vida
¿pero cómo uno se olvida
tal infalible mirada?
apenas el libro se abra
parpadea un siga, siga
las pasiones que son grandes
se convierten en estrellas
y brillando como ellas
así, colgadas del cielo
marcan el rumbo del vuelo
como quien sigue una huella
                          Brancaleone

miércoles, 15 de enero de 2014

Chauchito (2)

Saber que llevo un destello de tus ojos en los míos me llena de alegría, saber que tus recuerdos nunca se van, me llena el alma.
Nos va a costar acostumbrarnos a todo. Ir a la cancha y que no nos esperes ni nos despidas. Entrar a una casa vacía. No mimarte, que no me mimes. No escuchar "Qué manitos frías". No ir a verte. No escuchar como con tu sordera y tus veinte nietos, muchos sobrinos, hijos y nueras, te llamo y me decís "Hola Clarita, ¿cómo estás?". Qué no nos pidas que entremos, "habiendo tanto lugar adentro, por qué están en la calle". Jurarte y rejurarte que me encantó la comida pero que ya estoy llena. Tomar un té que hiciste hace dos días, pero se banca igual. Sugus de la canastita, surtidas de la lata, un poco de quesito para Jose, mucho mate, servido con la cucharita naranja. 
Entre esas, otras tantas. Cada uno tendrá las suyas. Pero hay mil cosas que no nos vamos a olvidar. La principal: juntarnos todos, alrededor de una mesa grande. Saber que hay algo que nos une a todos, a pesar de todo lo distinto, y es el amor. Creer que en algún rincón estás, renegando porque te despedimos como te hubiera gustado, donde hubieras odiado. Todos juntos, sí, tomando mate, en la vereda. Nadie nos hubiera creído que estábamos de velorio, que te extrañamos, que te amamos, pero estábamos, sólo que reír contagia, y es más dulce que llorar (y tu vaso de fernet no se debe calentar).
Podría escribirte una carta o mil. Pero seguramente será una sucesión atropellada de palabras que se resumiría en: "te quiero y te voy a extrañar".

De hoy y para siempre, brindaremos por vos con un fernet. 



Tus papás tuvieron las rodillas raspadas antes que vos 

no es que me acostumbre a la muerte, 
pero pensaba que era más fuerte
y no… no puede apagar el amor 

Dejá nomás… que la tardecita pase lenta 
que la muerte se vaya contenta 
ella no sabe todo lo que deja… 

¿por qué llorar? 
nos quedan los tatuajes de tus besos 
amores de merienda como el nuestro 
solo entierran un montón de huesos.


Clari también dice: "Chauchito y qué gane Banfield"

martes, 14 de enero de 2014

Chauchito

No sé si escuchás o necesitás que te hable del otro oído. Yo por las dudas modulo bien para que me entiendas. Hoy te dijeron muchas cosas, sin dudas desde el corazón, pero quiero colaborar con mi experiencia tal vez para sentirme más identificada con lo que siento. Te quería decir gracias por esperarnos con la picada cuando volvíamos de la cancha, y quería mencionarte la ternura que me daba que vieras unos minutos del partido por la tele lluviosa sólo para compartir algún comentario con nosotros después del partido: no creo que realmente te importara verlo. Quería agradecerte por tener siempre la canastita llena de Sugus y por ofrecernos al principio, cuando éramos más chicos (después cada uno sabía y agarraba); nunca nos faltó dulzura en tu casa. Si te caracterizaron por el silencio, yo quiero disentir porque además de tu gusto por la charla, tus ojos celestes y tu sonrisa tierna siempre pidieron a gritos cariño. Un poco de ese amor que diste incansablemente lo querías de vuelta: necesitabas un abrazo, un llamado, un asado en familia. Un “¿No quieren pasar  tomar un cafecito?” después de todo un día juntos. Y tus ganas de estar con la familia las traducías en piernas inquietas que ofrecían café, cebaban mate, sacaban tarros de galletitas y las ponían en sus tapas. Almuerzos, aperitivos, fernet con americano y soda. Gracias, porque tu casa fue siempre el mejor lugar de reunión, y las visitas fueron siempre una excusa y el mejor motivo para unir a todos los Merlo, no tan sencilla tarea. Te recuerdo también molesta cuando golpeábamos muy fuerte el portón con la pelota, cuando rompíamos los vidrios o los faroles del patio. Y “que cerremos la puerta y entremos”, de tus últimos caprichos. No me quiero imaginar cómo te  habrías puesto ayer: todos sentados en la vereda tomando mate.

Pero cuando miré a mi alrededor y vi que no paraba de llegar gente, que la iglesia estaba llena y que vos no estabas en los primeros asientos, ahí lo entendí. Nos supo reunir el amor y nos va a seguir reuniendo el recuerdo, las ganas de seguir dándole fuerza a lo que nos diste con el abuelo. Te fuiste, sí. Pero nos dejaste como testigos de lo hermoso que es tener una familia grande, de lo lindo que es juntarse, tomar y comer algo y sentir que no vas a terminar solo (quizás un poco borracho nomás, pero alguien te va a alcanzar a tu casa.) 


Hoy, cada uno desde donde está, nos vamos a servir “un vasito de coca, (“¿con fernet?”), bueno, un poquito”, para hacerte honor.

viernes, 10 de enero de 2014

Sonreía

Mañana de sábado. Cuánta somnolencia por acá. Levantarse a las 7. Preparar el mate para que la mañana pase más rápido. No es un mal día, pero es muy sábado, viste. En una carrera sin precedentes, 7.25 afuera. Caminando a la estación de Lomas. De pasada unos bizcochos.. No, mejor no. Esperar el tren, todas caras de sábado a las 7.40. Y anoche salí, aunque volví temprano. Recital, divino. La voz de ese muchacho, un genio con sus, ponele que, monólogos.  Se me escapa una sonrisa. Como siempre. Tengo la sonrisa fácil, no te creas que me ganaste si te sonrío. Pero si no te sonrío, definitivamente, es irremontable: no me vas a ganar. El tren llega, subimos. Viajo parada, por suerte puedo apoyarme en una pared. Leería, pero, sinceramente, prefiero cerrar los ojos y estirar un poco el sopor, no despertar... Si tengo suerte me duermo. Total me bajo al final del recorrido, y nunca falta ese con buena onda que te despierta en Constitución, cosa que no te vuelvas hasta, no sé, Eziza, Glew, Korn... Me calzo los auriculares llegando a Banfield, bah, uno solo. No me gusta aislarme completamente, así que el otro lo dejo colgando. Me dormité, pero pude bajar sin que nadie tuviera que avisarme. Bajar las escaleras, tomarme la línea C del subte que transita por las entrañas de mi (a veces) querida Buenos Aires. Uy, un golazo viajar sentada en la C. Tercer vagón, primera puerta. De tanto viajar aprendí que de ahí salgo directo a la escalera que me lleva a la combinación con la línea A, a Carabobo. Llegamos a Avenida de Mayo. Los negocios subterráneos recién están amaneciendo, algunos siguen con las persianas bajas. Los vendedores ambulantes y los artistas todavía no llegan. Curiosamente, hay poca gente ¿Estaré llegando demasiado temprano? No. Bah, un poco nomás. Camino, camino. Me gusta viajar adelante. Me siento en el banco, a esperar. Ahí viene un subte centenario. Todo de madera, frente azul y gris, unas rayas oblicuas en amarillo... El tren frena. Yo me levanto. El guarda abrió la puerta mientras yo pensaba: "Pero mirá qué bueno, viajo con el guarda lindo". Nada raro, ¿a quién no le gusta viajar con algo bello que admirar?Subo con un: —Buen día —siempre saludo, no te creas que sólo porque era lindo. —Hola, buen día —me saluda y sonríe. Muy poca gente en el vagón, habremos sido cuatro o cinco en todo el trayecto. Por supuesto, te imaginarás, viajé sentada. El recorrido fue... raro. Incómodo. El guarda pasaba por el pasillo a mi costado entre estación y estación, para hablar con el maquinista. El problema no era que pasara, el problema era que se reía. Me miraba y se reía. Me la banqué cantando bajito, ya con los dos auriculares puestos. Hasta que no me la banqué más... y cerré los ojos para cantar bajito. Pero no podía contenerme, y a veces espiaba, y él seguía haciendo lo mismo. Después de pasar Primera Junta me levanté. Me abrigué. Acomodé la mochila. Me acerqué a la puerta, sin mirar al guarda, que ya estaba instalado en su puesto. Casi llegando a Puán levanté la vista. Y ahí lo soltó: —Estoy enamoradísimo de tus ojos —. Me incendié, mientras esperaba que frenara y me abriera la puerta. Le sonreí y lo saludé, mientras mis cachetes se ponían bordó: —Chau, buen día—. Volví a sonreír. Todavía no sé si me ganó. Pero me hizo sonreír.

Clari les sonríe

jueves, 2 de enero de 2014

Preguntas de rutina

- ¿Me vas a extrañar?
- Ya te extraño.
- Pero si todavía no me fui.
- No, pero la idea de que te vayas me hace extrañarte.
- Mirá que sos complicada, eh. Disfrutemos ahora.
- Yo disfruto ahora. Vos me preguntaste por el futuro, si te iba a extrañar.
- Pero era una pregunta de rutina, no sé. Los novios se hacen esas preguntas.
- Si yo soy complicada, vos sos muy básico, Julián.
- No, gorda, no me digas así. Vení, no te enojes. Dale, sigamos viendo la peli.
- No me gustó.
- ¿Y por qué no me lo dijiste antes?
- Porque a vos sí te gustaba y no te la quería cortar.
- No seas tonta, amor. Vamos a dormir un rato.

  Como en todas las peleas de rutina, siempre gana la escena del sillón. La farsa de la siesta purgatoria, que no llega siquiera a percibir la patadita dormitada. Al abrazo pensativo, lo sigue la mano atrevida de quien se anima a hacer la primera jugada. Quizás sufra un rechazo en un primer momento: una defensa atenta que no logra olvidar el intercambio de palabras en el vestuario; pero que no va a poder con la segunda, que la encuentra distraída y debilitada. Tal vez un poco encendida. El desgaste de la pelea no tiene sentido. Baja la guardia y prende el amor. Enciende los besos y apaga sus ganas de extrañarlo. Sólo en el sexo se vive el presente.


  Satisfechos, Lara y Julián se rinden en su despedida más belicosa. Ella sonríe, porque sabe que todas las peleas de rutina terminan en empate.