El sueño la dominaba... La cerveza no había sumado a ese bajón que se produce cuando te liberás de una tensión, algo que presionaba, presionaba y de pronto libera. Se apoyó en él, un poco para no caerse, un poco porque disfrutaba tenerlo cerca... Él la abrazó, tierno... Sus manos se las arreglaron para rodearla aun con la inmensa mochila que ella cargaba sobre sus espaldas. Ella respondió el abrazo, tímida. No entendía muy bien, pero estaba de acuerdo. Era lógico. Así tenía que ser, por supuesto. Después de un rato, trató de deshacer el abrazo, pero él no la dejó. La siguió abrazando, mientras le daba un beso en la coronilla, un beso en el pómulo, como diciendo: "Todo va a estar bien, chiquita". Y ahí ella entendió. Estaba hecho. Estaba entregada. Ese momento que no esperaba, pero que sabía que debía llegar, llegaba. Sacó su rostro del hombro de él, despacio, lo miró a los ojos, y lentamente se fundieron en un beso. Tierno. Suave. Esperado e inesperado. Deseado e indeseado. Pero indudablemente bello.
Claru escribe, aunque no sabe por qué.
Nuestra guerra de hoy
Esta es una guerra, una guerra a diario. Una guerra por el mundo, para el mundo, contra el mundo. Vistámonos de guerreros, o, mejor aún, de guerrilleros. Salgamos a pelear por lo que nos corresponde, por lo que es nuestro y nos robaron. Peleemos por nuestras mentes, peleemos por la libertad que tienen secuestrada ellos, a los que no les molesta dejarnos en la ruina con tal de satisfacer su ambicia.
viernes, 25 de julio de 2014
martes, 8 de julio de 2014
¿Qué hacemos con la vida?
Fue un beso de acá, un beso de allá. Un beso de ternura y de poca fe. Un beso de ganas, de tiempo, de pasión, de no aguanto más. Un beso de amor amistoso, de amor en otro lado, de amor equivocado, o no tanto. Que si vos supieras, te morís, me matás, lo matás, ya sé, lo que no sé es si está mal, ni lo quiero pensar, mejor. Pero ante todo, fue un beso que vale la pena. Porque ¿qué hacemos con la vida, si nos guardamos los besos que los dos queremos dar? Si total, pronto nos vamos a olvidar...
Clari escribe
Clari escribe
jueves, 3 de julio de 2014
Una noche en la playa
Como no sirve de nada
me servís de inspiración
Las mentiras se vuelven rima
y cada adiós, una historia voraz.
Cuando yo te escribo
invento nuevos vacíos
infinitos como el trazo de mi pluma
Te dibujo milenario
Te creo imperturbable
Te recito perfecto
Un dolor profundo
puebla la tinta febril
Lunas moradas de espuma
fingen un llanto escampado
Te borro interesado
Te equivoco sinestésico
Te cambio prepotente
La noche te encuentra desolado
Cami
viernes, 20 de junio de 2014
La ciudad prohibida
La ciudad prohibida propone historias inconclusas y
adioses sin abrazos. Estaciones sin pañuelos y miradas lejanas, aunque
profundas. La ciudad a la que se le prohíbe el cariño y las palabras sinceras,
pero que se alimenta de una lejanía excitante, como inalcanzable, como
recurrente.
Nos damos el último beso en la plaza, condenados a
excusas sanadoras, a distancias reconfortantes. Reincidimos en el pecado de
pieles prohibidas, pero ya en tierra yerma, sin posibilidad de daño. El amor
sólo duele en la ciudad prohibida. La superación se da en la distancia.
Cuando su máscara de aire fresco y familiar vuelve a
esconder destinos certeros, uno se cree fuerte y desengañado. Pero otra
historia va a permanecer intacta y sin final en un bar o en un teatro, lista
para el acecho.
La ciudad que esconde finales para transformarlos en
místicos recuerdos y, por qué no, en desafiantes esperanzas. Se impregnan
indecentes en los adoquines o en los techos rojos de las casas. Quizás sobrevuelan
el aire alimentando la excitación de lo prohibido, alterando memorias,
superando dolores, recordando roces.
En la ciudad prohibida nos desvela una música de
fondo, un sinfín de vibraciones que se lleva el viento, energía que se pierde
en el aire. El mismo aire que nos hace caer de nuevo en la realidad devastadora
y lejana.
jueves, 22 de mayo de 2014
F de Fantasma
Él era un fantasma. Un
nombre sin cuerpo. Tal vez un rizoma. Vagabundeaba mentes y asaltaba corazones. Te permitía imaginarlo e inventarlo. Figurarlo enemigo, crearlo amante, sentirlo
amigo, pensarlo buen tipo. Te dejaba descubrirlo una y otra vez; pero nunca era
un pibe que te cruzás en el semáforo
un portero que limpia la vereda
un kiosquero que te da el vuelto en caramelos
Un hijo de vecino, como quien diría. Tenía la particularidad de sonar fuerte, casi como un tema del verano, pero nunca hasta el hartazgo. Cuando irrumpía en tu vida era difícil de evadir, porque sus sentimientos no conocían medias tintas. Como ser marxista no era suficiente, vagaba con su mente por Babel, porque su espíritu inquieto no se conformaba con motivos sin razón. Su libertad no conocía normativa y su biblia no estaba sino siempre por ser creada.
un pibe que te cruzás en el semáforo
un portero que limpia la vereda
un kiosquero que te da el vuelto en caramelos
Un hijo de vecino, como quien diría. Tenía la particularidad de sonar fuerte, casi como un tema del verano, pero nunca hasta el hartazgo. Cuando irrumpía en tu vida era difícil de evadir, porque sus sentimientos no conocían medias tintas. Como ser marxista no era suficiente, vagaba con su mente por Babel, porque su espíritu inquieto no se conformaba con motivos sin razón. Su libertad no conocía normativa y su biblia no estaba sino siempre por ser creada.
Él era un fantasma. De esos
inabarcables. De esos indecibles. Pero cuando entraba en tu vida no pedía
permiso. Disparaba sin reparo al corazón, revolviendo pensamientos,
desordenando tus entrañas, revolucionando tus días.
Y cuando se hacía piel, -¿qué
más podías pedirle?- te daba un abrazo de eternidad, un beso de caricias, una
mirada de amor.
Cami
lunes, 19 de mayo de 2014
15M
Agarró la bandera y se la
colgó de los hombros. Bajó por un rato, porque sabía que era una noche
especial. Todo estaba muy distinto de aquella vez, y se escuchaba en los
latidos como incesantes bombos. Los alrededores del estadio rebalsaban de
gente: jóvenes con traje, que habían corrido de sus trabajos, nenes a upa con
sus camisetas diminutas verdes y blancas, chicas que no dejaban de hablar de la
emoción; vendedores de ilusiones y de cadenitas, vendedores de almanaques. Y
adentro ya se empezaba a sentir la euforia generalizada. Él se sentó cerquita
del arco, ahí donde le gustaba estar. Todavía no había sanado la herida de ese
junio gris: la pasión vendida por políticos corruptos. Un verde que habían
convertido en podredumbre y un blanco que usaban para lavarse la cara y seguir
impunes. Pero ese día era diferente. Miles de almas apretadas por los nervios.
Once jugadores que llevaban grabada la sonrisa en el corazón. Y viejos
corazones que llevaban grabado en la mente aquel ascenso anterior. De ese sí
que se acordaba bien, y notaba en el brillo de los ojos de los más grandes que
ellos también lo guardaban en sus retinas, y estaban ansiosos por volver a
gritarlo.
Su nombre se escuchó una
sola vez. Juugadores, poonga huevo, quee
Garrafa alienta desdel cielo. Fue como una oración cargada de vergüenza,
porque no era el momento para invocarlo: los jugadores ya estaban poniendo. Y
él, en verdad, tampoco estaba en el cielo. Coladito entre la gente, casi
invisible a pesar de sus alas, como las que le pintaron en la bandera, tenía
colgada su bandera en los hombros. Y al grito de gol le siguió un abrazo de
viejos tiempos, de descargo y de venganza. Un grito que dio fe de que la
gambeta vale más el dinero. Un abrazo que demostró que la unión no sólo estaba
en las tribunas, sino en el campo de juego.
El silbato final fue un
alivio de primera, un alivio de volver a estar donde pertenecemos. Esa vez, los
ojos se le llenaron de lágrimas de emoción y de nostalgia, de orgullo de
campeón. El blanco y verde de las camisetas se llenaron de fiesta y la vuelta
dejó al descubierto una alegría de equipo.
Llegó a la plaza que lo había
inmortalizado en el barrio, “El Taladro José Luis Garrafa Sanchez.” Llegó,
empujado por un tumulto de gente que no dejaba de saltar (para no ser
pingüino), y de cantar su pasión. Pensó que ya tendría tiempo para estar allá
arriba, pero que ese día era de asado y de alegría, quizás de Tiara o de
Juancito, quién sabe. Era un día de Maipú y Alsina. Se ató la bandera a los
hombros y le pidió a San Pedro que lo disculpara unas horitas más. Banfield
había ascendido y había que festejar.
Cami
viernes, 4 de abril de 2014
Adolecer
Taquicardia
adolescente, como si hiciera falta decirlo. Me dolía lo desconocido, me dolía
la pasión guardada. Dolía en el pecho y en la pelvis. Ardían los cachetes
cuando se encendía de sonrisas y ardían del frío que hacía esa noche. Lo había
practicado, me lo había imaginado, y había visto películas, y a pesar de eso no
tenía la mínima expectativa de cómo debía ser. Sólo sabía que tenía que pasar
ya. El corazón no aguantaba más de pellizcones y la panza de punzadas
prometedoras. Cuesta explicar el dolor que sintió mi pecho cuando nos dimos un
beso. Era puro tambor y pandereta, pero dolían los golpes. Dolía, sin saberlo
todavía, el futuro por adelantado. Y dolió los meses que le siguieron. Pero esa
noche de carnaval quedó en la memoria de pieles y de sonrisas, con la luna
vigilando de incógnito y el viento empujándonos uno contra el otro.
Cami
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