Un
abrazo como de horizonte, un poco lejano pero seguro. Y si es en el mar, se
mezcla la salada humedad con un calorcito fugaz. Fugaz como el grito de placer
que evocan los labios cálidos y húmedos de aquel sillón, que se filtran por los
poros de las telas deshilachadas. No se ven más que un par de músicas con
perfumes de velas gastadas, y la cortina que las baila con el viento. El
solcito aparece de a poco en los párpados pero lejos de molestar, adormece. Y
una cuna de piel reviste unas piernas que llegan hasta la coronilla, y no se
mueven porque terminaron su baile majestuoso. Hacía tiempo que no se
encontraban en ese living y se les notaba en los ojos y las mejillas coloradas.
El humo de dulzura había quedado impregnado en las paredes y su locura había derivado
en palabras existenciales. Toda la noche. Hasta que un almohadón se adueñó de
los pensamientos ideales y atentó contra el paraíso terrenal. Volaron en la más
incorpórea caricia, de esas prolongadas, de esas que erizan los sueños. Y si lo
hubieran soñado, no se le habría parecido.
Cami dice chau