Agarró su buzo y se lo colgó de los hombros. Levantó
su mirada desconcertada una vez más y solo pudo ver confusos monigotes verdes,
negros, blancos, que se calcaban en sus llorosos ojos y caían al vacío
deslizándose tímidamente. En ese momento su imagen se asemejaba a aquéllas de
las banderas, con sus manos en la cintura, su camiseta número diez, y sus alas
a los costados. Solo que esta vez expresaba únicamente desconsuelo. Nadie se lo
explicaba. Ni los gritos desaforados, ni los llantos desconsolados, ni los
ancianos recordando otras épocas, ni los pelados analizando, ni los bigotudos
insultando. Ni su caminar pesado, preocupado, ni su mirada fija en sus pies, ni
las piedras que estallaban contra los portones de chapa, ni las balas de goma
que volaban por el aire, y rebotaban en los cuerpos desquiciados. Los padres
con sus hijitos a upa, los hombres con sus mujeres bajo sus brazos tampoco se
lo explicaban. Ni los políticos, que seguramente no estaban allí, ni los
jugadores, ni la lógica. El periodismo tampoco: nadie habló de Banfield.
¿Recuerdan que existe un barrio, allí en el sur de la Provincia de Buenos
Aires? ¿Recuerdan que hace poco más de dos años se había consagrado campeón?
Él ya había vivido otros descensos, pero nunca una
humillación parecida. Silencioso, ese día se había sentado en la popular, ahí
cerquita del arco, donde a él le gustaba estar. No quería hablar con nadie, de
hecho no se lo permitían, pero se conformó con escuchar un par de veces su
nombre pronunciarse como una oración, un grito que nacía de las raíces del
estadio, de esas almas que no creían lo que estaban viviendo: Juugadores, poonga huevo, quee Garrafa
alienta desdel cielo. Sus ojos destilaron abrazos y recuerdos al oír esa
canción y no pudo evitar sonrojarse. Pero cuando agarró su buzo y se lo colgó
de los hombros, comenzó a pensar adónde había llegado el club que tantas
alegrías le había dado. Y no entendía cómo el dinero podía más que una gambeta.
Y no se figuraba cómo la desunión se había trasladado al campo de juego.
Llegó hasta la plaza, esa que llevaba su nombre; tan
largo que resultaba simpático: El Taladro José Luis ‘Garrafa’ Sánchez. Ésta
también estaba minada de desesperanzas e ilusiones partidas. Los papelitos eran
los únicos que dibujaban en el piso una caduca sonrisa. Entonces se sentó en un
banco a esperar, a esperar que se le pasara la tristeza, que sus lágrimas no
empañaran el aire, a esperar que pasara el tiempo y llegara la hora de volver.
Pero primero agarró una bandera verde y blanca para hacerle honor a la canción
y seguir alentando desde el cielo.
Cami dice chau (pero espera volver pronto)
Mmmm... donde lo habre leido antes?
ResponderEliminarMuy logrado el sentimiento.
Saludos