lunes, 19 de mayo de 2014

15M

Agarró la bandera y se la colgó de los hombros. Bajó por un rato, porque sabía que era una noche especial. Todo estaba muy distinto de aquella vez, y se escuchaba en los latidos como incesantes bombos. Los alrededores del estadio rebalsaban de gente: jóvenes con traje, que habían corrido de sus trabajos, nenes a upa con sus camisetas diminutas verdes y blancas, chicas que no dejaban de hablar de la emoción; vendedores de ilusiones y de cadenitas, vendedores de almanaques. Y adentro ya se empezaba a sentir la euforia generalizada. Él se sentó cerquita del arco, ahí donde le gustaba estar. Todavía no había sanado la herida de ese junio gris: la pasión vendida por políticos corruptos. Un verde que habían convertido en podredumbre y un blanco que usaban para lavarse la cara y seguir impunes. Pero ese día era diferente. Miles de almas apretadas por los nervios. Once jugadores que llevaban grabada la sonrisa en el corazón. Y viejos corazones que llevaban grabado en la mente aquel ascenso anterior. De ese sí que se acordaba bien, y notaba en el brillo de los ojos de los más grandes que ellos también lo guardaban en sus retinas, y estaban ansiosos por volver a gritarlo.

Su nombre se escuchó una sola vez. Juugadores, poonga huevo, quee Garrafa alienta desdel cielo. Fue como una oración cargada de vergüenza, porque no era el momento para invocarlo: los jugadores ya estaban poniendo. Y él, en verdad, tampoco estaba en el cielo. Coladito entre la gente, casi invisible a pesar de sus alas, como las que le pintaron en la bandera, tenía colgada su bandera en los hombros. Y al grito de gol le siguió un abrazo de viejos tiempos, de descargo y de venganza. Un grito que dio fe de que la gambeta vale más el dinero. Un abrazo que demostró que la unión no sólo estaba en las tribunas, sino en el campo de juego.

El silbato final fue un alivio de primera, un alivio de volver a estar donde pertenecemos. Esa vez, los ojos se le llenaron de lágrimas de emoción y de nostalgia, de orgullo de campeón. El blanco y verde de las camisetas se llenaron de fiesta y la vuelta dejó al descubierto una alegría de equipo.


Llegó a la plaza que lo había inmortalizado en el barrio, “El Taladro José Luis Garrafa Sanchez.” Llegó, empujado por un tumulto de gente que no dejaba de saltar (para no ser pingüino), y de cantar su pasión. Pensó que ya tendría tiempo para estar allá arriba, pero que ese día era de asado y de alegría, quizás de Tiara o de Juancito, quién sabe. Era un día de Maipú y Alsina. Se ató la bandera a los hombros y le pidió a San Pedro que lo disculpara unas horitas más. Banfield había ascendido y había que festejar.

Cami

No hay comentarios:

Publicar un comentario