Agarró la bandera y se la
colgó de los hombros. Bajó por un rato, porque sabía que era una noche
especial. Todo estaba muy distinto de aquella vez, y se escuchaba en los
latidos como incesantes bombos. Los alrededores del estadio rebalsaban de
gente: jóvenes con traje, que habían corrido de sus trabajos, nenes a upa con
sus camisetas diminutas verdes y blancas, chicas que no dejaban de hablar de la
emoción; vendedores de ilusiones y de cadenitas, vendedores de almanaques. Y
adentro ya se empezaba a sentir la euforia generalizada. Él se sentó cerquita
del arco, ahí donde le gustaba estar. Todavía no había sanado la herida de ese
junio gris: la pasión vendida por políticos corruptos. Un verde que habían
convertido en podredumbre y un blanco que usaban para lavarse la cara y seguir
impunes. Pero ese día era diferente. Miles de almas apretadas por los nervios.
Once jugadores que llevaban grabada la sonrisa en el corazón. Y viejos
corazones que llevaban grabado en la mente aquel ascenso anterior. De ese sí
que se acordaba bien, y notaba en el brillo de los ojos de los más grandes que
ellos también lo guardaban en sus retinas, y estaban ansiosos por volver a
gritarlo.
Su nombre se escuchó una
sola vez. Juugadores, poonga huevo, quee
Garrafa alienta desdel cielo. Fue como una oración cargada de vergüenza,
porque no era el momento para invocarlo: los jugadores ya estaban poniendo. Y
él, en verdad, tampoco estaba en el cielo. Coladito entre la gente, casi
invisible a pesar de sus alas, como las que le pintaron en la bandera, tenía
colgada su bandera en los hombros. Y al grito de gol le siguió un abrazo de
viejos tiempos, de descargo y de venganza. Un grito que dio fe de que la
gambeta vale más el dinero. Un abrazo que demostró que la unión no sólo estaba
en las tribunas, sino en el campo de juego.
El silbato final fue un
alivio de primera, un alivio de volver a estar donde pertenecemos. Esa vez, los
ojos se le llenaron de lágrimas de emoción y de nostalgia, de orgullo de
campeón. El blanco y verde de las camisetas se llenaron de fiesta y la vuelta
dejó al descubierto una alegría de equipo.
Llegó a la plaza que lo había
inmortalizado en el barrio, “El Taladro José Luis Garrafa Sanchez.” Llegó,
empujado por un tumulto de gente que no dejaba de saltar (para no ser
pingüino), y de cantar su pasión. Pensó que ya tendría tiempo para estar allá
arriba, pero que ese día era de asado y de alegría, quizás de Tiara o de
Juancito, quién sabe. Era un día de Maipú y Alsina. Se ató la bandera a los
hombros y le pidió a San Pedro que lo disculpara unas horitas más. Banfield
había ascendido y había que festejar.
Cami
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