Los plateístas no cantan. No creo haber revelado ningún secreto, pero es un punto importante a resaltar. Se salvaban unos tres o cuatro chicos que le ponían onda y yo obviamente los seguía, y unas pocas situaciones clave, como el momento después del gol, y algún que otro "que esta tarde cueste lo que cueste, esta tarde tenemos que ganar". Los plateístas no pueden aguantar más de cuarenta y cinco minutos de juego sin comer. Llega el entretiempo y la gran mayoría se levanta de sus asientos para ir al (hermoso) buffet y comprarse toda clase de cosas. Desde hamburguesas (a $19,50), sandwiches super completos, café (a $10), super panchos, hasta galletitas pepitos (las que le copiaron a Toddy, que ni me quiero imaginar el precio). Resulta increíble la comparación con la Mouriño, donde nosotros ratoneamos una (injusta) Coca, cada vez más aguada, a $14, que solo compramos los días de calor cuando la boca se seca de tanto cantar y gritar. También pasa el señor vendiendo garrapiñada, maní y golosinas. La mayoría del público lo mira con deseo pero no piensa gastar tan desproporcionada cantidad de plata en unos Sugus confitados. Es común ver que la gente se lleve unos chicles o unos caramelos de la casa para amortizar la espera del segundo tiempo, o simplemente nos aguantamos a llegar a lo de la abuela. En la platea, cuando pasa una posible jugada de gol, muchos se paran por la emoción y para verla mejor. A veces la adrenalina hace que esa gente (me incluyo) permanezca parada, pero no pasan dos minutos, que los que estaban sentados empiezan a gritar: ¡abajo! En parte lo entiendo, porque si quisieron ir a la platea era para estar cómodamente sentados viendo el partido; si hubieran querido estar parados habrían ido a la popular. Pero yo no puedo estar sentada viendo un partido, si incluso parada pego unos saltos impresionantes en situaciones emocionantes. En la platea no me puedo expresar completamente. Los plateístas miran mal a mi papá cuando putea excesivamente al árbitro. En la Mouriño también, pero viniendo de los plateístas me molesta más, porque tengo la imagen de dos flacos caretas sentados adelante, que no cantaban, no emitían emoción, no se abrazaron demasiado en el gol, y que encima se rieron de mi papá. Y del enojo que tenía les dije irónicamente: Qué gracioso, ¿no?. No se rieron más. Parece que impongo respeto.....
Mi lugar sin dudas es la Mouriño, con todos sus defectos. Tal vez llegue el día en que vaya con Clari a la Valentín Suarez y me enamore un poco más de los gritos y cantos desaforados, saltando al ritmo de los bombos. Pero mis primeros pasos en la cancha los di en la Mouriño, mis mejores abrazos de gol, mis mejores charlas, mis mejores compañías, mis mejores partidos los viví ahí. Indudablemente es donde tengo los mejores recuerdos. La frialdad que pueden imponer algunos en ese sector queda completamente contrastado con el calor de la familia, de la pasión, del solcito de la tarde en la cara, y de los abrazos de gol más emotivos, violentos y desinteresados.
Cami dice chau (a la platea)
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