viernes, 10 de enero de 2014

Sonreía

Mañana de sábado. Cuánta somnolencia por acá. Levantarse a las 7. Preparar el mate para que la mañana pase más rápido. No es un mal día, pero es muy sábado, viste. En una carrera sin precedentes, 7.25 afuera. Caminando a la estación de Lomas. De pasada unos bizcochos.. No, mejor no. Esperar el tren, todas caras de sábado a las 7.40. Y anoche salí, aunque volví temprano. Recital, divino. La voz de ese muchacho, un genio con sus, ponele que, monólogos.  Se me escapa una sonrisa. Como siempre. Tengo la sonrisa fácil, no te creas que me ganaste si te sonrío. Pero si no te sonrío, definitivamente, es irremontable: no me vas a ganar. El tren llega, subimos. Viajo parada, por suerte puedo apoyarme en una pared. Leería, pero, sinceramente, prefiero cerrar los ojos y estirar un poco el sopor, no despertar... Si tengo suerte me duermo. Total me bajo al final del recorrido, y nunca falta ese con buena onda que te despierta en Constitución, cosa que no te vuelvas hasta, no sé, Eziza, Glew, Korn... Me calzo los auriculares llegando a Banfield, bah, uno solo. No me gusta aislarme completamente, así que el otro lo dejo colgando. Me dormité, pero pude bajar sin que nadie tuviera que avisarme. Bajar las escaleras, tomarme la línea C del subte que transita por las entrañas de mi (a veces) querida Buenos Aires. Uy, un golazo viajar sentada en la C. Tercer vagón, primera puerta. De tanto viajar aprendí que de ahí salgo directo a la escalera que me lleva a la combinación con la línea A, a Carabobo. Llegamos a Avenida de Mayo. Los negocios subterráneos recién están amaneciendo, algunos siguen con las persianas bajas. Los vendedores ambulantes y los artistas todavía no llegan. Curiosamente, hay poca gente ¿Estaré llegando demasiado temprano? No. Bah, un poco nomás. Camino, camino. Me gusta viajar adelante. Me siento en el banco, a esperar. Ahí viene un subte centenario. Todo de madera, frente azul y gris, unas rayas oblicuas en amarillo... El tren frena. Yo me levanto. El guarda abrió la puerta mientras yo pensaba: "Pero mirá qué bueno, viajo con el guarda lindo". Nada raro, ¿a quién no le gusta viajar con algo bello que admirar?Subo con un: —Buen día —siempre saludo, no te creas que sólo porque era lindo. —Hola, buen día —me saluda y sonríe. Muy poca gente en el vagón, habremos sido cuatro o cinco en todo el trayecto. Por supuesto, te imaginarás, viajé sentada. El recorrido fue... raro. Incómodo. El guarda pasaba por el pasillo a mi costado entre estación y estación, para hablar con el maquinista. El problema no era que pasara, el problema era que se reía. Me miraba y se reía. Me la banqué cantando bajito, ya con los dos auriculares puestos. Hasta que no me la banqué más... y cerré los ojos para cantar bajito. Pero no podía contenerme, y a veces espiaba, y él seguía haciendo lo mismo. Después de pasar Primera Junta me levanté. Me abrigué. Acomodé la mochila. Me acerqué a la puerta, sin mirar al guarda, que ya estaba instalado en su puesto. Casi llegando a Puán levanté la vista. Y ahí lo soltó: —Estoy enamoradísimo de tus ojos —. Me incendié, mientras esperaba que frenara y me abriera la puerta. Le sonreí y lo saludé, mientras mis cachetes se ponían bordó: —Chau, buen día—. Volví a sonreír. Todavía no sé si me ganó. Pero me hizo sonreír.

Clari les sonríe

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