No sé si escuchás o necesitás que te hable del otro oído. Yo
por las dudas modulo bien para que me entiendas. Hoy te dijeron muchas cosas,
sin dudas desde el corazón, pero quiero colaborar con mi experiencia tal vez
para sentirme más identificada con lo que siento. Te quería decir gracias por
esperarnos con la picada cuando volvíamos de la cancha, y quería mencionarte la
ternura que me daba que vieras unos minutos del partido por la tele lluviosa
sólo para compartir algún comentario con nosotros después del partido: no creo
que realmente te importara verlo. Quería agradecerte por tener siempre la
canastita llena de Sugus y por ofrecernos al principio, cuando éramos más
chicos (después cada uno sabía y agarraba); nunca nos faltó dulzura en tu casa.
Si te caracterizaron por el silencio, yo quiero disentir porque además de tu
gusto por la charla, tus ojos celestes y tu sonrisa tierna siempre pidieron a
gritos cariño. Un poco de ese amor que diste incansablemente lo querías de
vuelta: necesitabas un abrazo, un llamado, un asado en familia. Un “¿No quieren
pasar tomar un cafecito?” después de
todo un día juntos. Y tus ganas de estar con la familia las traducías en
piernas inquietas que ofrecían café, cebaban mate, sacaban tarros de galletitas
y las ponían en sus tapas. Almuerzos, aperitivos, fernet con americano y soda.
Gracias, porque tu casa fue siempre el mejor lugar de reunión, y las visitas
fueron siempre una excusa y el mejor motivo para unir a todos los Merlo, no tan
sencilla tarea. Te recuerdo también molesta cuando golpeábamos muy fuerte el
portón con la pelota, cuando rompíamos los vidrios o los faroles del patio. Y “que
cerremos la puerta y entremos”, de tus últimos caprichos. No me quiero imaginar
cómo te habrías puesto ayer: todos
sentados en la vereda tomando mate.
Pero cuando miré a mi
alrededor y vi que no paraba de llegar gente, que la iglesia estaba llena y que
vos no estabas en los primeros asientos, ahí lo entendí. Nos supo reunir el
amor y nos va a seguir reuniendo el recuerdo, las ganas de seguir dándole
fuerza a lo que nos diste con el abuelo. Te fuiste, sí. Pero nos dejaste como
testigos de lo hermoso que es tener una familia grande, de lo lindo que es
juntarse, tomar y comer algo y sentir que no vas a terminar solo (quizás un
poco borracho nomás, pero alguien te va a alcanzar a tu casa.)
Hoy, cada uno desde donde está, nos vamos a servir “un vasito
de coca, (“¿con fernet?”), bueno, un poquito”, para hacerte honor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario