martes, 14 de enero de 2014

Chauchito

No sé si escuchás o necesitás que te hable del otro oído. Yo por las dudas modulo bien para que me entiendas. Hoy te dijeron muchas cosas, sin dudas desde el corazón, pero quiero colaborar con mi experiencia tal vez para sentirme más identificada con lo que siento. Te quería decir gracias por esperarnos con la picada cuando volvíamos de la cancha, y quería mencionarte la ternura que me daba que vieras unos minutos del partido por la tele lluviosa sólo para compartir algún comentario con nosotros después del partido: no creo que realmente te importara verlo. Quería agradecerte por tener siempre la canastita llena de Sugus y por ofrecernos al principio, cuando éramos más chicos (después cada uno sabía y agarraba); nunca nos faltó dulzura en tu casa. Si te caracterizaron por el silencio, yo quiero disentir porque además de tu gusto por la charla, tus ojos celestes y tu sonrisa tierna siempre pidieron a gritos cariño. Un poco de ese amor que diste incansablemente lo querías de vuelta: necesitabas un abrazo, un llamado, un asado en familia. Un “¿No quieren pasar  tomar un cafecito?” después de todo un día juntos. Y tus ganas de estar con la familia las traducías en piernas inquietas que ofrecían café, cebaban mate, sacaban tarros de galletitas y las ponían en sus tapas. Almuerzos, aperitivos, fernet con americano y soda. Gracias, porque tu casa fue siempre el mejor lugar de reunión, y las visitas fueron siempre una excusa y el mejor motivo para unir a todos los Merlo, no tan sencilla tarea. Te recuerdo también molesta cuando golpeábamos muy fuerte el portón con la pelota, cuando rompíamos los vidrios o los faroles del patio. Y “que cerremos la puerta y entremos”, de tus últimos caprichos. No me quiero imaginar cómo te  habrías puesto ayer: todos sentados en la vereda tomando mate.

Pero cuando miré a mi alrededor y vi que no paraba de llegar gente, que la iglesia estaba llena y que vos no estabas en los primeros asientos, ahí lo entendí. Nos supo reunir el amor y nos va a seguir reuniendo el recuerdo, las ganas de seguir dándole fuerza a lo que nos diste con el abuelo. Te fuiste, sí. Pero nos dejaste como testigos de lo hermoso que es tener una familia grande, de lo lindo que es juntarse, tomar y comer algo y sentir que no vas a terminar solo (quizás un poco borracho nomás, pero alguien te va a alcanzar a tu casa.) 


Hoy, cada uno desde donde está, nos vamos a servir “un vasito de coca, (“¿con fernet?”), bueno, un poquito”, para hacerte honor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario